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Contador disputa con ventaja ante Schleck la crono final en medio de la polémica por los regalos en carrera
El Tour siempre llega muy rápido. Es la ciudad más veloz. Tiene el sprint por costumbre. Y Cavendish tiene el hábito de ganar etapas. Ayer sumó la cuarta. Demoledora. Sin discusión. La polémica estaba al lado, en el podio. Otra vez sonaron algunos pitos al aparecer Contador. El líder tendrá que acostumbrarse a ese ruido. Va con el cargo. Esos silbidos pasaron antes por los oídos de Bobet, de Anquetil, de Merckx, de Armstrong... hasta de Induráin. «No se puede contentar a todos», dice el navarro. Son las servidumbres del éxito. Arriba, en el podio, Contador recibió el sello de carmín de la actriz Cameron Díaz y el apretón de manos de Tom Cruise. Cita con las estrellas. Hoy, en la contrarreloj final, defiende ocho segundos ante Schleck en 52 kilómetros planos. «Me queda una hora de sufrimento». A una hora de su tercer Tour.
Cuando el jueves Contador le entregó en mano a Schleck la etapa del Tourmalet, había 6,5 millones de franceses atentos a la televisión. El 60% de la audiencia. El público galo ya tiene otro duelo. Los adoran. La carrera se ha nutrido siempre de disputas así. Entre el religioso Bartali y el pecador Coppi (1949). Entre el elegante Anquetil y el rústico Poulidor (1964). Entre el maravilloso loco Luis Ocaña y el depredador Eddy Merckx (1971). Entre el orgulloso Hinault y el pegagoso Zoetemelk (1978)... A partir de ahora, ese hueco está reservado a Contador (27 años y casi tres Tours) y Schleck (25 años y dos veces segundo en París). Dice Christiam Prudhomme, director del Tour, que juntos son el 'Nadal-Federer' del ciclismo. Tenis sobre asfalto.
Hay un problema: son amigos. Y esa amistad ha endulzado la carrera. Demasiado pastel. Hoy, Contador partirá con casi todas las llaves para guardar su tercer Tour. La carrera no parece a la venta. Más bien, adjudicada. En 2009, el madrileño aventajó en un minuto y 45 segundos a Schleck en la larga contrarreloj de Annecy. El luxemburgués sigue arrastrando el castigo del reloj. Se ha acercado a Contador, pero aún tiene la sensación de que esta carrera no le pertenece. Es de su amigo. Pelea entre colegas.
De eso se habla en este Tour. Ayer, en la salida de Salies de Bearn, los micrófonos husmeaban en busca de opiniones sobre el regalo de Contador a Schleck en el Tourmalet. Y también preguntaban por esa nueva costumbre de parar la carrera cada vez que se cae un favorito. Olor a polémica. Faltó una cuestión: «¿Y si Contador se cae en la contrarreloj de hoy? ¿Se detendrá Schleck?». No. Las caídas, la mala suerte, los pinchazos, el sudor, la agonía, la aventura, la ambición, el orgullo y el riesgo son componentes primarios de este deporte.
El príncipe frente al rey
El Tour 2010 se lió en la segunda etapa. Aquel día de dorsales apretados camino de Spa, bajo la lluvia. Patinaba el cristal de asfato. Y muchos, entre ellos Andy Schleck, resbalaron sobre su reflejo. Cancellara mandó esperar. Contador le secundó. Y le criticaron: por blando. También le afearon su ataque en Mende cuando su gregario Vinokourov iba en fuga. Por egoísta. Sin los diez segundos que arañó ese día, hoy Schleck partiría en la contrarreloj como líder. A Contador le recriminaron luego por caer en la tentación de aprovechar un salto de cadena de Schleck en Bales. Por ambicioso. Esa noche pidió perdón para acortar así la distancia que le empezaba a separar del público. También le atizaron: por desmentirse. El jueves le recriminaron por conceder a Schleck la cumbre del Tourmalet. Por generoso.
Siempre ha sido así. Francia prefirió a Poulidor antes que a Anquetil; a Thevenet que a Merckx; a Robic en lugar de Bobet; a Contador, o a cualquiera, frente a Armstrong. El público quiere que el príncipe destrone al rey. Luego, muerto el monarca, le rinde culto por siempre. Mientras la opinión pública se enreda en la polémica, hoy se ordena el podio del Tour. Hay 21 segundos a favor de Samuel Sánchez frente a Menchov en la lucha por el tercer puesto. Y ocho segundos entre Contador y Schleck con el Tour en juego. La remontada suena a imposible. «La crono es la carta que tenía guardada en la manga», desvela el madrileño. Cuenta Schleck que está «motivado». Contador sólo descuenta: «Me queda una hora».
Cuando el jueves Contador le entregó en mano a Schleck la etapa del Tourmalet, había 6,5 millones de franceses atentos a la televisión. El 60% de la audiencia. El público galo ya tiene otro duelo. Los adoran. La carrera se ha nutrido siempre de disputas así. Entre el religioso Bartali y el pecador Coppi (1949). Entre el elegante Anquetil y el rústico Poulidor (1964). Entre el maravilloso loco Luis Ocaña y el depredador Eddy Merckx (1971). Entre el orgulloso Hinault y el pegagoso Zoetemelk (1978)... A partir de ahora, ese hueco está reservado a Contador (27 años y casi tres Tours) y Schleck (25 años y dos veces segundo en París). Dice Christiam Prudhomme, director del Tour, que juntos son el 'Nadal-Federer' del ciclismo. Tenis sobre asfalto.
Hay un problema: son amigos. Y esa amistad ha endulzado la carrera. Demasiado pastel. Hoy, Contador partirá con casi todas las llaves para guardar su tercer Tour. La carrera no parece a la venta. Más bien, adjudicada. En 2009, el madrileño aventajó en un minuto y 45 segundos a Schleck en la larga contrarreloj de Annecy. El luxemburgués sigue arrastrando el castigo del reloj. Se ha acercado a Contador, pero aún tiene la sensación de que esta carrera no le pertenece. Es de su amigo. Pelea entre colegas.
De eso se habla en este Tour. Ayer, en la salida de Salies de Bearn, los micrófonos husmeaban en busca de opiniones sobre el regalo de Contador a Schleck en el Tourmalet. Y también preguntaban por esa nueva costumbre de parar la carrera cada vez que se cae un favorito. Olor a polémica. Faltó una cuestión: «¿Y si Contador se cae en la contrarreloj de hoy? ¿Se detendrá Schleck?». No. Las caídas, la mala suerte, los pinchazos, el sudor, la agonía, la aventura, la ambición, el orgullo y el riesgo son componentes primarios de este deporte.
El príncipe frente al rey
El Tour 2010 se lió en la segunda etapa. Aquel día de dorsales apretados camino de Spa, bajo la lluvia. Patinaba el cristal de asfato. Y muchos, entre ellos Andy Schleck, resbalaron sobre su reflejo. Cancellara mandó esperar. Contador le secundó. Y le criticaron: por blando. También le afearon su ataque en Mende cuando su gregario Vinokourov iba en fuga. Por egoísta. Sin los diez segundos que arañó ese día, hoy Schleck partiría en la contrarreloj como líder. A Contador le recriminaron luego por caer en la tentación de aprovechar un salto de cadena de Schleck en Bales. Por ambicioso. Esa noche pidió perdón para acortar así la distancia que le empezaba a separar del público. También le atizaron: por desmentirse. El jueves le recriminaron por conceder a Schleck la cumbre del Tourmalet. Por generoso.
Siempre ha sido así. Francia prefirió a Poulidor antes que a Anquetil; a Thevenet que a Merckx; a Robic en lugar de Bobet; a Contador, o a cualquiera, frente a Armstrong. El público quiere que el príncipe destrone al rey. Luego, muerto el monarca, le rinde culto por siempre. Mientras la opinión pública se enreda en la polémica, hoy se ordena el podio del Tour. Hay 21 segundos a favor de Samuel Sánchez frente a Menchov en la lucha por el tercer puesto. Y ocho segundos entre Contador y Schleck con el Tour en juego. La remontada suena a imposible. «La crono es la carta que tenía guardada en la manga», desvela el madrileño. Cuenta Schleck que está «motivado». Contador sólo descuenta: «Me queda una hora».
